Presentación sobre
"La Justificación: ¿Fe sola o Fe con Obras?"
Por: Hno. Francisco Velázquez Cruz
Por: Hno. Francisco Velázquez Cruz
La Justificación: ¿Fe sola o Fe con Obras?
Por: Hno. Francisco Velázquez Cruz
Introducción: El Choque de los Apóstoles y la Paradoja de la Cruz
Imagínese por un momento a un creyente sincero que acaba de entregar su vida a Cristo. Abre su Biblia, hambriento de verdad, y comienza a leer las epístolas. De repente, al pasar las páginas, experimenta lo que parece ser un latigazo teológico. Si uno lee el Nuevo Testamento de manera superficial, sin sumergirse en las aguas profundas del contexto histórico y gramatical, es fácil pensar que se ha topado con un monumental error editorial.
Nos encontramos frente a lo que a simple vista parece ser una colisión frontal entre dos titanes de la fe cristiana, una contradicción tan aguda que ha perturbado profundamente a los más grandes pensadores a lo largo de los siglos.
Observemos este choque de frente a través de las Escrituras:
El apóstol Pablo afirma de manera categórica: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.” (Romanos 3:28). Y para que no quede duda, lo reitera en su carta a los Gálatas: "Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo..." (Gálatas 2:16).
Sin embargo, el apóstol Santiago, el hermano del Señor, declara con igual contundencia: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.” (Santiago 2:24). Y añade una advertencia lapidaria: “¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (Santiago 2:20).
¿Es esto una contradicción inspirada? ¿Se equivocó el Espíritu Santo al dictar la Palabra? En lo absoluto. Lo que tenemos frente a nosotros no es un error, sino una gloriosa paradoja divina que, cuando se comprende correctamente, revela la asombrosa y completa belleza de la salvación humana.
Históricamente, la incomprensión de esta aparente tensión ha fracturado a la iglesia. En los albores de la Reforma Protestante, el monje Martín Lutero, quien había sido liberado del terror del infierno al descubrir que la justificación era solo por fe (Sola Fide), se sintió tan abrumado por el texto de Santiago que llegó a llamarla una “epístola de paja”. Lutero temía que Santiago estuviera deshaciendo la obra de la gracia que Pablo había establecido.
Pero entender esta aparente disonancia no es un mero ejercicio académico para teólogos encerrados en un monasterio; es una cuestión de vida o muerte espiritual para el creyente de hoy. Si nos equivocamos al interpretar cómo interactúan la fe y las obras, el enemigo nos empujará inevitablemente hacia uno de dos abismos mortales que destruyen el Evangelio:
El Abismo del Legalismo (La religión del esfuerzo humano): Es el orgullo farisaico de creer que nuestras buenas acciones, rituales o moralidad pueden obligar a Dios a salvarnos o mantenernos salvos. Quienes caen aquí viven bajo el yugo de la condenación constante. El apóstol Pablo nos advierte del peligro eterno de esta postura: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4). Si nuestras obras pudieran salvarnos, entonces, como concluye Pablo, “por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21).
El Abismo del Antinomianismo (La “Gracia Barata” o libertinaje): Es la peligrosa e ilusoria creencia de que una simple confesión intelectual, repetir una oración de salvación o asentir mentalmente a la historia de Jesús, es un pasaje seguro al cielo, incluso si no hay arrepentimiento, cambio de vida ni obediencia. El apóstol Juan destruye esta falsa seguridad al declarar: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:4). Es la tragedia final de aquellos a quienes Jesús les dirá en el último día: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:23), a pesar de que le llamaban “Señor”.
Para resolver este enigma y caminar en la libertad de la verdad, necesitamos cambiar nuestra imagen mental. Pablo y Santiago no están en un ring de boxeo intercambiando golpes para ver quién tiene la razón. Debemos imaginarlos parados espalda con espalda, con las espadas desenvainadas, combatiendo a dos enemigos mortales y diametralmente opuestos. Pablo defiende el Evangelio contra aquellos que dicen que la fe no es suficiente. Santiago defiende el Evangelio contra aquellos que dicen que la fe es solo un pensamiento.
Parte I: El Apóstol Pablo y la Raíz de la Salvación (El Veredicto de la Gracia)
Para comprender la magnitud del mensaje del apóstol Pablo, primero debemos entender la gravedad del diagnóstico humano. Pablo no escribe en un vacío; él escribe desde la trinchera, combatiendo tanto el orgullo del fariseísmo judío como la herejía de los “judaizantes”. Estos falsos maestros se infiltraban en las iglesias primitivas, especialmente en Galacia, con un mensaje venenoso: “Creer en la cruz de Cristo es un buen comienzo, pero para ser verdaderamente aceptado por Dios, debes ganártelo añadiendo tu propia obediencia a la Ley de Moisés”.
Ante esta afrenta al sacrificio de Cristo, Pablo desenfunda la espada del Espíritu para establecer, de una vez y por todas, cómo se planta la raíz de la salvación.
1. El Diagnóstico Letal: La Depravación Humana
El legalista cree que el ser humano está espiritualmente “enfermo” y solo necesita una medicina de buenas obras para mejorarse. Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, destruye esta ilusión. En Romanos 3, él compila una serie de salmos y profecías para emitir el veredicto divino sobre la humanidad natural:
“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” (Romanos 3:10-12)
Y remata esta sección con la declaración universal más humillante y niveladora de toda la Escritura: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Pablo nos enseña, al igual que en Efesios 2:1, que antes de Cristo no estábamos simplemente débiles; estábamos “muertos en nuestros delitos y pecados”. Un cadáver no puede hacer buenas obras para resucitarse a sí mismo. Requiere un milagro externo.
2. La Inutilidad de las “Obras de la Ley”
Si estamos espiritualmente muertos, ¿qué papel juega la Ley moral y los mandamientos? Los oponentes de Pablo creían que la Ley era una escalera para subir al cielo. Pablo les corrige rotundamente: la Ley nunca fue dada para salvarnos, sino para condenarnos y mostrarnos nuestra necesidad de un Salvador.
“Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.” (Romanos 3:20)
El apóstol nos enseña que la Ley es como un espejo o un termómetro. Un termómetro es perfecto para decirte que tienes fiebre, pero es inútil para curarte la infección. Un espejo es excelente para mostrarte que tienes el rostro manchado de lodo, pero el espejo mismo no tiene agua ni jabón para limpiarte. Las “obras de la ley” (nuestro intento de alcanzar un estándar de perfección moral o ceremonial para impresionar a Dios) son inútiles porque nuestra naturaleza está manchada. Como bien clamó el profeta Isaías: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Isaías 64:6).
3. El Milagro de la Justificación y el “Gran Intercambio”
Si Dios es un juez perfectamente santo y nosotros somos pecadores culpables que no podemos salvarnos a nosotros mismos, ¿cómo podemos ir al cielo sin que Dios comprometa Su Justicia?
Aquí brilla la palabra más hermosa de la teología paulina: La Justificación. Este es un término estrictamente legal, forense, sacado de los tribunales de la antigüedad. Justificar no significa que Dios nos inyecta una sustancia que nos hace impecables en nuestra conducta diaria de la noche a la mañana. Significa que Dios, sentado en Su Tribunal Celestial, golpea el estrado con Su Mazo y declara al pecador perdonado, absuelto y legalmente justo.
¿Cómo es esto legalmente posible? A través de la doctrina de la Imputación (poner algo en la cuenta de otro). En la cruz, ocurrió lo que los teólogos llaman “El Gran Intercambio”, descrito magistralmente por Pablo:
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” (2 Corintios 5:21)
Paso 1: Todos nuestros horribles pecados y rebeliones fueron imputados (transferidos a la cuenta) de Cristo en la cruz, y Él pagó nuestra condena sufriendo la Ira de Dios.
Paso 2: Toda la vida perfecta, santa y sin mancha de obediencia de Cristo nos es imputada (transferida a nuestra cuenta). Cuando Dios el Padre nos mira, no ve nuestros “trapos de inmundicia”; ve la túnica de perfección de Su Hijo.
4. La Fe: La Mano Vacía que Recibe la Gracia
¿Cómo nos apropiamos de este intercambio? ¿Cómo conectamos nuestra vida a esta raíz salvadora? Pablo es tajante: Solo por la fe. La fe no es una “obra” meritoria de la que podamos jactarnos; es simplemente la mano vacía de un mendigo que se extiende para recibir un tesoro inmerecido.
Por eso Pablo consagra esta verdad en su monumental declaración a los Efesios:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8-9)
Y llega a decir algo escandaloso para la mente religiosa: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5).
Para Pablo, la salvación es una obra terminada. La raíz es plantada en las profundidades oscuras del corazón, invisible a los ojos humanos, por la Pura Gracia Soberana de Dios, recibida exclusivamente a través de la fe en Jesucristo.
Parte II: El Apóstol Santiago y el Fruto de la Salvación (La Evidencia de la Vida)
Si el apóstol Pablo tuvo que desenvainar su espada para defender la gracia frente a los legalistas que querían añadirle obras a la fe, el apóstol Santiago tuvo que levantar su voz profética para combatir a un enemigo igualmente destructivo: los hipócritas que querían divorciar las obras de la fe.
Para entender a Santiago, debemos trasladarnos al corazón de su congregación. Él no le está escribiendo a fariseos que intentan ganarse el cielo; le está escribiendo a personas que afirman ser cristianas, que han escuchado el mensaje de la gracia, pero que lo han torcido para convertirlo en una licencia para pecar. Es la herejía del antinomianismo o la “gracia barata”. En estas iglesias, había personas que decían tener fe, pero oprimían a los pobres, discriminaban a los visitantes por su ropa, no controlaban su lengua y vivían vidas idénticas a las del mundo.
Ante este engaño letal, Santiago no titubea y lanza una de las advertencias más confrontativas de todo el Nuevo Testamento.
1. El Peligro de una Profesión Estéril: La Fe de los Demonios
Santiago comienza su argumento demoliendo la falsa seguridad de aquellos que confían en una simple confesión verbal o un asentimiento intelectual de la verdad. Él pregunta con aguda ironía:
“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” (Santiago 2:14)
La respuesta implícita en el griego original es un rotundo y resonante “¡No!”. Santiago expone que creer datos históricos sobre Jesús o aceptar mentalmente la existencia de Dios no es la fe que salva. Para ilustrar lo absurdo de esta “fe” meramente intelectual, Santiago utiliza el ejemplo más escalofriante posible: el inframundo.
“Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.” (Santiago 2:19)
Piénselo por un momento: los demonios tienen una teología perfectamente ortodoxa. Ellos saben que Dios es uno, saben que Jesús es el Hijo de Dios, conocen la Biblia e incluso tiemblan ante la majestad Divina. Sin embargo, no son salvos. ¿Por qué? Porque su “fe” no produce sumisión, arrepentimiento, amor ni obediencia. Una fe que solo reside en la mente, sin transformar la voluntad y las acciones, es una fe demoníaca.
2. Redefiniendo las “Obras” en el Contexto de Santiago
Cuando Santiago habla de que la fe debe estar acompañada de “obras”, es crucial entender que no se está refiriendo a las mismas “obras de la ley” mosaica que Pablo atacaba. Pablo hablaba de rituales para intentar comprar la salvación; Santiago habla de la obediencia práctica y el amor al prójimo que evidencian la salvación.
Santiago lo ilustra con un ejemplo desgarradoramente cotidiano:
“Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?” (Santiago 2:15-16)
Las “obras” para Santiago son el fruto inevitable del Espíritu Santo morando en el creyente. Son la compasión genuina, el dominio propio, la santidad y el servicio. Curiosamente, esto es exactamente lo que el mismo Pablo enseñó. Después de declarar que somos salvos por gracia sin obras en Efesios 2:8-9, Pablo añade inmediatamente en el versículo 10: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” No somos salvos por las buenas obras, pero somos salvos para hacer buenas obras.
3. La Justificación ante los Hombres: El Veredicto de la Evidencia
Aquí llegamos al núcleo de la aparente contradicción. Cuando Santiago dice: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24), está usando la palabra “justificar” con un matiz diferente al de Pablo.
En el idioma original, y en el uso común de la época, “justificar” puede tener dos significados:
1. Declarar a alguien justo (el uso forense de Pablo ante el tribunal de Dios).
2. Demostrar o vindicar que algo es justo y verdadero (el uso probatorio de Santiago ante el tribunal de los hombres).
Dado que los seres humanos no somos omniscientes, no podemos ver el corazón de una persona para saber si su fe es genuina. La única manera de “justificar” (demostrar como verdadera) nuestra profesión de fe delante del mundo es a través de nuestras acciones. Santiago reta a los hipócritas diciendo: “Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18).
4. El Veredicto Final: Un Cadáver Espiritual
Santiago concluye su argumento con una analogía médica innegable:
“Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.” (Santiago 2:26)
Un cuerpo que no respira, no se mueve y no tiene pulso, es un cadáver. De la misma manera, una “fe” que no respira compasión, no se mueve en obediencia y no tiene el pulso del Amor de Cristo, es un cadáver espiritual. Santiago nos enseña que la fe verdadera y vital, la fe que es la raíz de nuestra salvación, siempre e inevitablemente producirá el fruto de una vida transformada. Si no hay fruto en las ramas, es la prueba irrefutable de que la raíz está muerta.
Parte III: La Perfecta Armonía (El Caso de Abraham)
Si alguna vez hubo una prueba irrefutable de que el Espíritu Santo orquestó cada palabra de las Escrituras, la encontramos aquí. Si el apóstol Pablo y el apóstol Santiago hubieran estado realmente en desacuerdo, habrían buscado ejemplos distintos en el Antiguo Testamento para atacarse mutuamente. Sin embargo, en un despliegue de genialidad divina, ambos apóstoles utilizan exactamente al mismo hombre para probar sus puntos: el patriarca Abraham, el padre de la fe. No obstante, el secreto para desenredar este nudo milenario radica en observar que Pablo y Santiago apuntan a dos momentos completamente distintos en la vida del patriarca, separados por décadas de diferencia.
1. El Argumento de Pablo: La Raíz Oculta (Génesis 15)
Cuando Pablo quiere demostrar que la salvación es exclusivamente por gracia a través de la fe, sin obras, lleva a sus lectores al capítulo 15 del libro de Génesis.
En este pasaje, encontramos a un Abraham anciano, frustrado y sin hijos. Dios lo saca de su tienda en medio de la noche, le pide que mire las estrellas del cielo y le hace una promesa humanamente imposible: “Así será tu descendencia”. Abraham no hizo ninguna obra. No construyó un altar, no hizo una peregrinación, no dio ofrendas, ni siquiera estaba circuncidado (la circuncisión no se instituyó hasta Génesis 17). Lo único que hizo este anciano fue descansar en la Promesa de Dios.
El apóstol Pablo cita el veredicto divino de aquel instante preciso:
“Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.” (Romanos 4:3, citando Génesis 15:6)
Pablo enfatiza brutalmente la cronología para destruir la herejía de los legalistas. Él argumenta en Romanos 4:9-11 que Abraham fue declarado justo antes de ser circuncidado, mientras todavía era técnicamente un “incircunciso” (un gentil).
La justificación del pecador delante de Dios ocurre en el instante exacto y secreto en que el corazón cree. Es un veredicto celestial, invisible a los ojos humanos. Esta es la raíz plantada en la tierra.
2. El Argumento de Santiago: El Fruto Visible (Génesis 22)
Ahora, Santiago toma el estrado. Para destruir la herejía de la fe muerta (la fe de labios para afuera), Santiago no va a Génesis 15, sino que avanza rápidamente el reloj décadas más tarde, hasta el capítulo 22 de Génesis.
Este es el momento más desgarrador de la vida de Abraham. Dios le pide que suba al monte Moriah y ofrezca en sacrificio a su hijo amado, Isaac, el hijo de la promesa. Abraham, con el corazón roto pero con una fe inquebrantable, levanta el cuchillo en total obediencia antes de que el Ángel de Jehová lo detenga.
Al analizar este evento histórico, Santiago lanza su estocada final:
“¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue imputado por justicia, y fue llamado amigo de Dios.” (Santiago 2:21-23)
Preste mucha atención a la frase “y se cumplió la Escritura”. Santiago reconoce que la salvación de Abraham ocurrió en Génesis 15. Pero esa fe silenciosa, invisible e interna que Dios vio bajo las estrellas, se cumplió, se demostró, se evidenció y alcanzó su meta profética décadas después en el monte Moriah, a la vista de los hombres y de los ángeles.
La obediencia de Abraham no compró su justificación; la probó. Esta es la rama cargada de fruto a la vista de todos.
3. La Síntesis Perfecta: Dos Tribunales Distintos
La tensión desaparece por completo cuando entendemos que los dos apóstoles están respondiendo a dos preguntas radicalmente diferentes frente a dos “tribunales” distintos:
La Pregunta de Pablo: ¿Cómo es justificado un pecador impío ante el Tribunal de la Justicia Perfecta de Dios?
La Respuesta (Romanos): Solo por la fe, descansando en la gracia, porque Dios es el único que puede ver la raíz del corazón (Génesis 15).
La Pregunta de Santiago: ¿Cómo es justificada la “fe” de un hombre ante el Tribunal de la Observación Humana?
La Respuesta (Santiago): Solo por las obras, evidenciando un cambio de vida, porque los hombres solo pueden juzgar el fruto visible (Génesis 22).
Dios no necesitó que Abraham subiera al monte Moriah para enterarse de que su fe era genuina; el Señor, que escudriña los corazones, ya lo sabía desde Génesis 15. Quienes necesitaban el monte Moriah éramos nosotros, la humanidad, y las generaciones futuras, para tener un testimonio visible de lo que verdaderamente significa la fe que salva.
Pablo nos habla de la justificación del pecador. Santiago nos habla de la justificación de la fe. Ambas son verdades irrenunciables, inseparables y absolutamente gloriosas del Evangelio de Jesucristo.
Conclusión: Librando a la Iglesia de los Dos Extremos (El Equilibrio de la Verdad)
A lo largo de la historia, la naturaleza humana ha demostrado una peligrosa tendencia a oscilar como un péndulo entre dos extremos. El enemigo de nuestras almas, al no poder destruir la verdad de la Palabra de Dios, intenta constantemente empujarnos hacia las orillas del error. A él no le importa por qué lado de la barca nos caigamos, siempre y cuando caigamos fuera del Evangelio de Jesucristo.
Al comprender la gloriosa armonía entre el apóstol Pablo y el apóstol Santiago, la iglesia recibe una brújula infalible para navegar por las aguas de la teología y la vida práctica, librándonos de las dos herejías más sutiles y mortales que acechan a los creyentes hoy: el orgullo del legalismo y el engaño de la gracia barata.
1. El Antídoto contra el Legalismo: El Reposo en la Cruz
Si tu tendencia natural es el perfeccionismo, si vives agotado intentando ser “suficientemente bueno” para ganarte el favor de Dios, si mides tu espiritualidad por tu desempeño y juzgas a otros por el suyo, estás cayendo en el abismo del legalismo. El legalismo es, en su esencia, un insulto directo a la cruz. Es decirle a Jesús: “Tu sangre no fue suficiente; necesito completar mi salvación con mis propios méritos”.
Para ti, la revelación de Pablo es el antídoto vital. Necesitas escuchar el eco de la palabra más victoriosa pronunciada en el universo: Tetelestai (“Consumado es” - Juan 19:30). La deuda está pagada en su totalidad. No puedes añadirle ni una sola gota de tu propio sudor a la obra terminada de Cristo. Deja de intentar escalar al cielo con tus “trapos de inmundicia”. Ríndete. Dios justifica al impío que simplemente confía en Él (Romanos 4:5). La verdadera paz solo llega cuando dejamos de mirar nuestro propio récord moral y comenzamos a mirar exclusivamente el récord perfecto de Cristo imputado a nuestra cuenta.
2. El Antídoto contra el Antinomianismo: La Evidencia de la Nueva Creación
Por otro lado, si tu tendencia es tomar el pecado a la ligera, si crees que porque hiciste una “oración de fe” hace años ahora tienes una licencia para vivir igual que el mundo, si tu cristianismo no te cuesta nada, no altera tu moralidad, no cambia cómo tratas a tu familia ni cómo manejas tus finanzas, estás cayendo en el abismo del antinomianismo (la gracia barata). El teólogo Dietrich Bonhoeffer describió esta herejía como “la gracia sin discipulado, la gracia sin la cruz, la gracia sin un Jesucristo vivo y encarnado”.
Para ti, la voz profética de Santiago es un llamado de emergencia. Necesitas someterte al escrutinio del apóstol Pablo, quien también advirtió: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5). La gracia verdadera no es solo un perdón que nos libra del infierno; es un poder transformador que nos libera de la esclavitud del pecado. Si tu fe no ha producido un hambre por la santidad y un amor activo por tu prójimo, Santiago te advierte con lágrimas que tu fe es un cadáver. No eres un “cristiano carnal”; eres, muy probablemente, alguien que aún no ha nacido de nuevo.
3. La Gran Síntesis: La Raíz y el Fruto
Los grandes reformadores del siglo XVI, después de luchar profundamente con estos textos para rescatar el Evangelio de las garras de la religión basada en obras, acuñaron una máxima que resume brillantemente toda esta tensión bíblica en una sola y poderosa oración:
“Somos justificados por la fe sola, pero la fe que justifica nunca viene sola.”
La verdadera salvación es un milagro integral. Es un regalo absolutamente gratuito que, paradójicamente, nos cuesta todo.
En Romanos 3, Dios planta la raíz invisible de la fe en lo profundo de nuestro corazón muerto, dándonos vida y declarándonos justos sin que hayamos hecho una sola obra.
Pero en Santiago 2, esa misma planta brota hacia la superficie, irrumpe en nuestra realidad cotidiana y comienza a dar el fruto visible e innegable del amor, la obediencia y las buenas obras.
No podemos separar a Pablo de Santiago, así como no podemos separar la raíz del fruto en un árbol vivo. Abracemos la totalidad del consejo de Dios. Descansemos completamente en la obra de Cristo para nuestra justificación, y levantémonos vigorosamente en el poder del Espíritu Santo para vivir una vida que demuestre al mundo que, en verdad, hemos conocido al Rey.
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